
De haber conocido previamente este texto tan clarificador de Curtis y Barnes, el libro que hoy estamos presentando llevaría muy seguramente otro título, ya que el gato al que hago mención —a decir verdad, una gata llamada Ofelia— no reúne las características citadas.
Al margen de este equívoco, paralela o tangencialmente, o entre tanto, este poemario no fue escrito sólo en Barcelona, sino también en la vieja Barcino. Fue escrito en una ciudad llena de historia hasta la asfixia cuando yo necesitaba desprenderme de la mía propia para transformarme en otro, en el que realmente podía ser en ese allí mismo y en ese momento. Durante aquel proceso de despersonalización y pérdida de la identidad en que recorría enajenadamente la Ciudad Vieja, confundía épocas y culturas, y jugaba a ser un informante infiltrado en la Interzona de Burroughs, encontré también la posibilidad de no ser, me sentí libre para elegir entre la vida y la muerte, y elegí la poesía.
Un par de años después, tuve la oportunidad de ver un documental mejicano muy interesante. En él, el entrevistado, un hombre que había dejado atrás el D.F. para habitar en el desierto, decía que el peyote le ponía los pies en la tierra. Yo pensé “qué curioso, uno, que no es un conocedor, tiene otra idea de las sustancias alucinógenas”, pero enseguida lo entendí de otro modo: a mí, la poesía me pone los pies en la tierra, pero no en la tierra de la que el hombre es amo y dueño, sino en la tierra que no es de nadie, en el desierto más vasto y sobrecogedor, en un tiempo a la vez prehistórico y poshistórico. La poesía me pone los pies en la tierra, me hace experimentar mis posibilidades infinitas y me deshumaniza favorablemente.
Pero no nos engañemos, en la poesía no hay magia: el poema no deja de ser un artificio como todo lo que el hombre produce —con excepción, claro, de sus propios residuos orgánicos—, pero un artificio que genera una tensión hacia el límite en que nuestro mundo, por un instante, se desmorona o se convierte en una triste escenografía que invita a ser abandonada. Una invitación a dejar de ser para devenir, una invitación que es difícil de rechazar cuando está planteada en términos de vida o muerte.
Eduardo Rezzano
Al margen de este equívoco, paralela o tangencialmente, o entre tanto, este poemario no fue escrito sólo en Barcelona, sino también en la vieja Barcino. Fue escrito en una ciudad llena de historia hasta la asfixia cuando yo necesitaba desprenderme de la mía propia para transformarme en otro, en el que realmente podía ser en ese allí mismo y en ese momento. Durante aquel proceso de despersonalización y pérdida de la identidad en que recorría enajenadamente la Ciudad Vieja, confundía épocas y culturas, y jugaba a ser un informante infiltrado en la Interzona de Burroughs, encontré también la posibilidad de no ser, me sentí libre para elegir entre la vida y la muerte, y elegí la poesía.
Un par de años después, tuve la oportunidad de ver un documental mejicano muy interesante. En él, el entrevistado, un hombre que había dejado atrás el D.F. para habitar en el desierto, decía que el peyote le ponía los pies en la tierra. Yo pensé “qué curioso, uno, que no es un conocedor, tiene otra idea de las sustancias alucinógenas”, pero enseguida lo entendí de otro modo: a mí, la poesía me pone los pies en la tierra, pero no en la tierra de la que el hombre es amo y dueño, sino en la tierra que no es de nadie, en el desierto más vasto y sobrecogedor, en un tiempo a la vez prehistórico y poshistórico. La poesía me pone los pies en la tierra, me hace experimentar mis posibilidades infinitas y me deshumaniza favorablemente.
Pero no nos engañemos, en la poesía no hay magia: el poema no deja de ser un artificio como todo lo que el hombre produce —con excepción, claro, de sus propios residuos orgánicos—, pero un artificio que genera una tensión hacia el límite en que nuestro mundo, por un instante, se desmorona o se convierte en una triste escenografía que invita a ser abandonada. Una invitación a dejar de ser para devenir, una invitación que es difícil de rechazar cuando está planteada en términos de vida o muerte.
Eduardo Rezzano
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